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Cindy Kerr / 1 de febrero de 2018

Seguramente estés aquí porque acabas de recibir la noticia que todos los padres temen: tu hijo se enfrenta a una dura batalla. Quizás llegaste hasta aquí por sugerencia del personal del hospital para ayudarte a transitar el proceso de la enfermedad o herida de tu hijo, sin dejar de cuidar de ti y de tu familia. Tal vez usted eres amigo o maestro, y no estás seguro de cómo ayudar mejor a una familia cuyo hijo recibió un diagnóstico de una enfermedad o herida que cambia su vida.

Cuando un niño recibe un diagnóstico de una enfermedad que pone en peligro su vida o sufrió una herida grave, solo una cosa es segura: la vida jamás volverá a ser igual.

Esto lo sé porque, hace años, escuché a un médico decirme tres palabras: “Ryan tiene cáncer”. Mi hijo, un niño feliz, enérgico, aventurero e inspirador de doce años, tenía cáncer. Le siguió la palabra “osteosarcoma”. Y así, de repente, estábamos embarcados en un viaje que incluyó 30 meses de quimioterapia, 15 cirugías, la amputación de la pierna derecha y más de 150 días de fisioterapia. El cáncer volvió cinco veces. Venció a cuatro.

Durante todo el tratamiento, Ryan jamás permitió que la enfermedad lo derribara. Parecía invencible. Sin embargo, él no lo era. Mi esposo, mis hijas y yo tampoco lo éramos. La verdad es que el 30 % de las madres cuyos hijos se someten a tratamiento contra el cáncer sufren todos los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEPT) mucho después de que el tratamiento haya terminado. Los niños que sobreviven a sus batallas sufren de TEPT a una tasa del 20 %. Los padres y los hermanos enfrentan el mismo estrés, presión y ansiedad. Y, muchas veces, los hospitales no están adecuadamente equipados para abordarlo. Lo sé porque lo viví.